Cuando sentado de nuevo en la silla de mi trabajo consigo reprimir las lágrimas rememoro momentos más plácidos.
Recuerdo esa playa con ese agua de color indeterminado que no transparente, esa arena asquerosa que se te pega a todas las partes del cuerpo, esos niños y adultos jugando con las putas paletas, esas familias que plantan un toldo y empiezan a airear tupper de comida, ese ir a pasear y encontrarte tíos en tanga salidos de los 80, el tonto de la colchoneta con bandera roja que sabes que acabará en el telediario, el cerdo que tira las colillas como si fuera un gato en un inmenso cajón de arena, esas miradas furtivas a las mujeres en topless y ese vómito reprimido al comprobar que solo las octogenarias se ponen ya en topless, esa felicidad al encontrar una maciza en la playa, ese no entender que una mujer esté en bikini en la playa y luego en la calle le entre un subidón de moralina y vista como una monja, ese avión con letrero exigiendo justicia para Ruíz-Mateos, esas duchas de playa rotas y sin agua, el agraciado con la picadura de medusa, el jubilado que planta su sombrilla a las 7 de la mañana, el incauto que se duerme al sol, los de callejeros grabando todo esto y haciéndome pasar mucha vergüenza ajena, ese volver al hotel rebozado como una croqueta y medio quemado, ese cagarte en lo mas barrido jurando en arameo que jamás volverás a la playa.
Después de este pequeño ejercicio estoy hasta feliz de estar de nuevo en mi silla trabajando.

















